La descabellada teoría de Analía acerca del orden natural del Universo

Tirados ahí en el sofá, los dos, no éramos la expresión cabal del descanso o el mero retozo. Más bien, estábamos en un estado de desparramo, tal como si hubiéramos caído de un sexto piso y esa fuera la mismísima escena del accidente.

La nuestra era la cara propia del desinterés, la de no tener ganas de nada aunque el mundo reventara en mil pedazos en ese mismo momento.

Mirando al techo, Analía fumaba como una loca. Yo bien puedo olvidarme de cualquier cosa, menos del recuerdo de Analía permanentemente fumando. Cuando come, cuando maneja, cuando se baña y hasta cuando nos revolcamos con más necesidad que pasión. El par de veces que lo hicimos.

No la miré, pero casi imaginé los ojos entrecerrados de Analía cuando dijo:

-Hay cosas que no entiendo.

-Como yo. Un millón de cosas.

-No. No entiendo que la gente hace cosas que no tienen sentido natural. Obviedades.

No contesté nada. Un poco porque no entendí y otro poco porque realmente no me interesaba en absoluto entenderla.

-No entiendo la gente que maneja como loca, nada más que para llegar dos minutos antes a donde va…

-A veces, dos minutos son importantes.

-Corriendo el riesgo de estrolarte en cada esquina –prosiguió, como si no me hubiese escuchado-. O peor, pudiendo matar a alguien ¿para qué? Si estás tan apurado ¿por qué no salís dos minutos antes? ¿o diez minutos antes, mejor?

La lógica era inapelable, de modo que no se me ocurrió nada para agregar. A su arrebato le siguió un denso silencio envuelto en volutas de humo.

-¿Nada más? ¿Es eso lo que no entendés?

-O esos boludos que se compran un chocolate y lo devoran todo así, a lo animal, sin saborearlo, como si nunca más fueran a comprar otro chocolate.

Si lo anterior demostraba cierta lógica, este nuevo argumento era bastante más endeble. Por un momento temí que Analía continuara su serie de ejemplos siendo el próximo cada vez más discutible que el anterior en una sucesiva espiral hacia la nada. Pero seguía sin ocurrírseme nada que torciera la fatalidad de ese potencial destino.

Analía había terminado su cigarrillo y se volvió de costado a buscar el paquete que descansaba a un lado del sofá y aproveché para apreciar, de reojo, la perfecta simetría de sus nalgas apenas ocultas por el short de algodón. El recuerdo de mis labios alguna vez rozando esas nalgas me trajo un indicio de excitación.

Encendió el cigarrillo y continuó:

-Ah, y están esos que cuando enganchan una porno en la tele se pajean como locos, como si nunca fuera a pasar de nuevo… loco, si tenés ganas, andá y alquilate una!

Eso me sonó definitivamente extraño. Tanto que tuve que intervenir.

-¿Qué? ¿Vos nunca estabas pasando canales y agarraste justo una porno? Eso es una suerte. Ja, actuar en consecuencia es como una acción de agradecimiento a la diosa fortuna –acoté.

-No, nene –enfática-. Además, las pelis que pasan por la tele no son porno, son una mierda. Esa es una paja patética. Si querés porno, andá y alquilá.

De extraño, el comentario viró a interesante.

-¿Y vos te alquilás porno?

-No, yo me masturbo pensando en Cecilia –dijo con soltura y lo que podría haber sido un comentario que garantizara excitación, más bien obró como una ducha fría.

Conocía a Cecilia y su aire de nena bien y delicados modales, pero de repente lo único que me vino a la mente fue Analía y yo en la cama, el par de veces que nos revolcamos juntos.

-Entonces vos…

“Soy un pelotudo”, pensé.

-Sos un pelotudo –confirmó Analía sin mirarme, como si hubiera podido leerme la mente.

Me prendí un cigarrillo.

-Las cosas siempre suceden por algo… no es que uno dice “uy, que suerte que tuve”. Si las cosas no pasan hoy, van a pasar mañana, entonces no tiene caso apurarse hoy a terminar todo ¿entendés? Si te querés comer todo el chocolate, dale, comételo, pero que sea porque tenés ganas, no porque a lo mejor mañana no te podés comprar de nuevo, porque a lo mejor mañana te vas a poder comprar dos en lugar de uno y te vas a sentir como un imbécil pensando en el chocolate que te comiste ayer así, desaforado como un muerto de hambre.

Así siguió Analía como por veinte minutos y tres cigarrillos más en una sucesión de alegatos sobre el orden de los acontecimientos, el equilibrio de las mágicas y ancestrales fuerzas de la naturaleza y hasta creo haber escuchado un párrafo dedicado a confirmar que los hombres somos apenas simples espectadores de este orden místico, sin capacidad alguna de torcer el rumbo de los acontecimientos.

Y tan súbitamente como le asaltó el deseo de expresarse, Analía en un momento dijo “me voy”.

Apagó el último cigarrillo y la acompañé hasta la puerta del departamento. Ya con un pie fuera y antes de soltarle la mano, le pregunté:

-¿Entonces vos?

Muerta de risa, me tomó ambas manos y me aplicó un sonoro y brevísimo beso.

-Sos un pelotudo… -se despidió, sin dejar de reírse.

Escribir comentario

Comentarios: 0