la bala del traidor

Era inglés de los suburbios de Southampton, de apellido Dobern, y había subido a mi nave en un puerto olvidado de Singapur, luego de apropiarnos de un cargamento de especias de un galeón español, de colgar a los oficiales y de hundir a la dañada nave que ya de nada nos serviría. Era escueto como una roca, pero macizo, como un resorte siempre a punto de soltarse y tenía una barba tupida y roja y ojos azules pero desproporcionadamente pequeños para su cara. Llevaba el pelo en dos trenzas gruesas y cortas que le asemejaban más a un vikingo que a un celta, y eso lo hacía más extraño.
Casi ni hablaba.
Navegó con nosotros recorriendo las islas de Indonesia, Thailandia y, más al norte, el Mar Amarillo, aguas en las que nunca fuimos bien recibidos, tal vez por haber diezmado alguna vez los juncos de Sing Sao, y esas son cosas que no siempre la filosofía de los piratas es capaz de aceptar sin buscar el doliente tajo de la revancha.
El caso es que Dobern peleó con fiereza cuando así se requirió y trabajó con esfuerzo jalando cabos, arriando velas o acomodando cargas cuando hizo falta. Nada en contrario puedo decir. Cuando no sucedía ni una ni otra cosa, pasaba inadvertido en un rincón de cubierta, fumando tabaco o bebiendo ron, cuando le tocaba.
Así rodeamos el cabo de Buena Esperanza y tocamos algunas costas africanas antes de llegar al Cuerno de Oro, donde un encuentro con los dos bergantines de Choisson me alertó de un negocio de esclavos. Yo en verdad estaba interesado más en diamantes que en esclavos, pero el francés me sugirió unirnos porque sus bodegas no alcanzaban para tantos negros que a tan buen precio podían ser vendidos a los codiciosos hacendados de Louisville.
Para Choisson, como para todo buen francés, mientras el negocio fuera bueno, los escrúpulos estaban por completo fuera de lugar. Me tomó acabarnos dos botellas de ron que entendiera que yo prefería robarles a las recién emancipadas colonias del norte que llevarles negros para que les trabajaran a cambio de latigazos, hambruna y muerte. En realidad el negocio me era indiferente, pero prefería que fuera otro el que llevara esos tristes esperpentos y todas sus pestes al otro lado del mundo.
Dos días compartimos con los franceses antes de que ordenara continuar hacia Cote d’Ivory a negociar diamantes. A la mañana siguiente levaríamos ancla. Pero esos dos días habían bastado para que Choisson contaminara a Dobern y le persuadiera de que mi nave estaría mejor bajo su comando… ¡triste designio! Debí anticipar que nada bueno puede resultar de una reunión de ingleses y franceses, más que sólo traiciones y cobardías.
Los minutos que le quedaban a esa jornada fueron un confuso revoltijo de conspiración, oportunidad y maldiciones. Baste decir que mi tripulación, salvo Dobern, no consideró la lealtad en tan bajo precio, y que todo finalizó con la punta de una espada en el cortísimo cuello del inglés, apenas entrado a mi camarote con la intención de aniquilarme.
Era noche aún cuando Dobern fue firmemente atado a uno de los disparos de proa, de modo que la boca del cañón quedara a la altura de su pecho. “Capitán, sería mejor girarlo, así ve hacia donde va” , me apuntó con ironía el portugués Olivais, mi navegante.
“No. Quiero que mi cara sea lo último que vean los ojos de un traidor” , dije.
En efecto, sus minúsculos ojos encendidos como fraguas y sus dientes apretados precedieron la llamarada del disparo, apuntado con precisión al castillo de popa de la nave de Choisson. Dobern ni siquiera gritó.
Supe, cuando su tripulación se rendía sin batallar y tras recibir un solo cañonazo, que la bala estragó al capitán francés en su camarote y en su propia cama, mientras dormía. Probablemente la justicia del cielo estableció que allí se mezclaran sus revueltas tripas con las del traidor Dobern, en un destino que ya estaba escrito mucho antes de encender la mecha.

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