En defensa de los corredores de bolsa

 

A Carlos, hermano y amigo, partícipe necesario de una infancia inolvidable y creador de juegos y deportes tan inverosímiles como a menudo riesgosos.

 

La historia de la Humanidad ha estado signada, sin dejar espacio a cualquier duda razonable, a determinadas y bien señaladas características lúdicas por lo que el juego y sus secuelas de distracción, divertimento y socialización han sido fundamentales para el desarrollo del hombre en la Tierra al punto que no faltan, ustedes saben bien, quienes sostienen la teoría de que a homo erectus le sucedió de inmediato (y como inmediato debemos tomar los tiempos históricos, cabe la aclaración) el homo lúdicus, personaje y figura que se preserva hasta nuestros días.

En defensa de lo antedicho se pueden esgrimir una multitud de ejemplos: es comúnmente aceptado, aunque nunca demostrado fehacientemente, que el emperador Yao Li, de la dinastía Qi y relevante al caso por ser el creador inicial de esa titánica obra que se ha dado en llamar la Gran Muralla China, desde muy temprana edad demostraba sus virtudes entreteniéndose en el juego de construir laboriosos castillos de arena en un patio que le hizo hacer para su divertimento su complaciente padre, el emperador Meng Li en una de las tantas habitaciones de la Ciudad Prohibida.

Recientes descubrimientos nos revelan una serie de piezas de juguetería que habría usado el inquieto pequeño y que serian, muy probablemente, ancestros no reconocidos de los hoy mundialmente famosos Lego. Tanto era el interés del futuro emperador y tan manifiesta su vocación por la construcción de sus intrincadas creaciones y, a su vez, tan grande era el palacio, que una oportunidad estuvo extraviado cinco días con sus noches, sin que alma alguna supiera de él.

Otro caso notable es el del joven Alejandro, cuando era un simple chiquilín aficionado más a las artes y los misterios de la geografía que a la guerra y lejos estaba aún de ganarse su mote de Magno, que lo inmortalizaría. Por ese entonces se dice que el macedonio le apostó a un compañerito de juego que, si empezaba a caminar, antes de los 30 años llegaría hasta el Ganges. “Me estás jodiendo”, se sospecha que le habría respondido su interlocutor, y la historia siguiente es bien conocida.

Pero no sólo de obsesiones infantiles o apuestas de juego está edificada esta teoría. Para no aburrir a la distinguida audiencia, sólo mencionaré los casos de George W. Bush, a quien de infante le gustaba jugar a los soldaditos, pero siempre en la casa de algún vecino y nunca en el rancho propio ya que al parecer su madre, Bárbara, era extremadamente estricta en ese sentido y las consecuencias de ello están a la vista. Más cercano en el tiempo, es harto conocido el caso de John Lennon, a quien su madre le comprara una guitarra sólo para terminar de una vez la tortura a la que estaba condenada y que era la afición del joven John de jugar a los dardos contra la puerta de la cocina.

Para finalizar esta escueta pero por demás demostrativa enumeración, sólo baste agregar que de acuerdo con la tradición oral de la época, al parecer a Nerón también le habría gustado jugar con fuego.

Sirva este extenso pero necesario prefacio para introducirnos en la descripción del juego que nos atañe. La corrida de bolsa ha alcanzado tal popularidad que es difícil imaginar cómo algunos pueblos decididamente rezagados o menos favorecidos étnicamente, establezcamos, lograban divertirse antes del advenimiento y masificación de los supermercados. Tal vez en ello se pueda encontrar el motivo por el cual las revoluciones políticas y los arrebatos militares hayan sido tan frecuentes y populares en esos lugares durante buena parte del siglo pasado.

De hecho, el arraigo de este juego ha sido tal que es oportuno rescatar a los ingentes aunque aún frustrados intentos del barón Enrich von Quadrappus por lograr que esta actividad sea incluida como una disciplina olímpica. Desde esta tribuna alzamos nuestra voz de repudio a quienes injustamente tratan con frecuencia al ilustre barón de lunático irredento, denostando sus enormes y desinteresados esfuerzos en pos de este noble deporte.

Este es un punto oportuno para trazar una breve descripción del juego en el que intervienen 20 valientes jugadores por bando, orientados a la obtención de la preciada bolsa. Este adminículo, lanzado al azar en medio del terreno de juego, es impelido por el viento y los cuarenta audaces mancebos luchan por su posesión para llevarlo hasta la meta adversaria, a la sazón un hoyo en el piso, rigurosamente cavado en la tierra. Una vez depositada la bolsa en el lugar y acuñada por una piedra aledaña, recién se lo considera como tanto a favor. Se entenderá que ello no es tarea fácil dada la porfiada tenacidad con que los jóvenes procuran marcar y a su vez evitar el éxito contrario.

Además, la leve bolsa de plástico adquiere inciertas trayectorias mecida por el viento y los aguerridos jugadores tratan de tomarla y correr con ella hasta a meta contraria. El que lo realicen con manos y pies desnudos sobre terrenos muchas veces plagados de traicioneras rocas o depresiones, y la tenaz oposición del equipo competidor con frecuencia torna el juego violento y, es justo decirlo, a veces difícil de observar sin sentirse escandalizado ante las profusas muestras de salvajismo entre contendientes.

No es de extrañar que esta práctica haya sido severamente sancionada en algunos lugares de Tailandia, como en M’Bongo Utú, África, y en la isla de Pascua, escenarios en donde se acostumbraba ayudarse en la consecución de la errática bolsa con una estaca fina de 40 centímetros de longitud, denominada sasarasa. Ya son lamentablemente comunes los escabrosos relatos de pérdidas de ojos, orejas, pulmones perforados y punciones varias durante el desarrollo de alguna de estas justas deportivas.

Nos llegan noticias de que en Europa, a pesar de haberse prohibido su televisación por lo cruelmente explícitas que resultan las imágenes que produce el juego, a menudo sanguinario, esta práctica ha alcanzado un notable auge que ya ha motivado al algunas corporaciones a intervenir en su regulación.

Nos hablan de la necesidad de circunscribirlo a un estadio, de incorporar ventiladores gigantes para inducir el vuelo de la bolsa, de plantearle a cada partido una duración determinada y hasta de penalizar con la expulsión a aquel jugador que le causare una herida imposibilitante a un miembro del equipo contrario.

¿Dónde quedaría, entonces, el espíritu del juego? Me siento obligado a preguntarme y preguntarles.

No hay nada más llano y democrático que un desenfadado y alegre grupo de jóvenes que, para divertirse sanamente, no requieren más que del concurso de un terreno libre de casas y árboles, una simple bolsa de supermercado y que el Señor les provea de un viento regular y continuo.

No es azaroso que esta noble disciplina haya encontrado eco en comunidades desprotegidas, con frecuencia paupérrimas y leves de entendimiento pero, a la vez, puras y libres de los más normales vicios de la corrupta e intrincada sociedad moderna.

Pocas cosas deben haber más plenas y regocijantes que un grupo de jóvenes guerreros debatiéndose por una bolsa, aún entrada la noche, aunque su secuela fuese un importante saldo de malheridos, lisiados y mutilados.

No coincidimos, no señor, con aquellos que enaltecen la corrida de bolsa como una metáfora de control social, ni con aquellos otros que la comparan en su brutalidad con la tauromaquia o los festejos de San Fermín. Jamás podríamos avalar ni estar de acuerdo con actividad alguna que involucre el sufrimiento de una noble y hermosa bestia.

Sólo me veo en la obligación de acentuar mi reclamo contra los poderosos de siempre que buscan con la regulación propuesta a esta leal prueba de valor deportivo, sólo un espurio beneficio económico.

Debemos dejar la corrida de bolsa como una cabal demostración de juego libre, popular y democrático y propio de los pueblos que han sido sometidos por siglos al imperio y la determinación de los poderosos. Los corredores de bolsa, señores, merecen nuestro total respeto y admiración por su abnegado aporte a las más esenciales características lúdicas de la historia de la Humanidad.

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