Un cambio de suerte

El día que Juan Joaquín quiso suicidarse introduciendo el secador de pelo, encendido, en la bañera donde estaba sumergido, tuvo la mala fortuna de que la electricidad estuvo cortada desde la mañana. Esperar hasta que volviera, sólo le ganó un pertinaz resfrío cuando el agua se enfrió.
Con el tiempo, Juan Joaquín ensayó diversas y novedosas maneras de quitarse la vida, todas infructuosas. Como la vez que se ató media docena de bifes al cuello y atacó salvajemente un grupo de unos 15 perros callejeros y famélicos. A pesar del hambre, todos huyeron espantados.
Juan Joaquín tampoco tenía fortuna en el trabajo. Una vez, fue contratado para darle cuerda al legendario reloj cu cú de Carlos Paz, pero pronto se dio cuenta que no estaba hecho para esa tarea. Llegó tarde 5 veces en una semana, con los lógicos transtornos que ello ocasionó a la vida normal de la tranquila localidad serrana. Fue despedido de inmediato.
Cuando Juan Joaquín conoció a María de las Mercedes, se dio cuenta al instante de que su suerte cambiaría. María de las Mercedes atendía una despensa de barrio y era menudita casi hasta lo imperceptible, usaba anteojos y frenos en los dientes, ataba su pelo con un colín de Hello Kitty y, por si todo esto les pareciera poco, tartamudeaba. A pesar de todo ello, hipnotizó a Juan Joaquín de una singular y por completo inexplicable manera. De pronto, él conoció el amor, sentimiento con el que jamás había sido bendecido en toda su vida, y eso incluye también a la relación con sus padres.
La vida de Juan Joaquín pasó de ser una sórdida porquería a un luminoso arco iris. Obtuvo un buen trabajo y hasta sus vecinos comenzaron a saludarlo, incluso Leonardo Agustín, el vistoso odontólogo que vivía en la casa de junto y le despreciaba en secreto. Ya convertido en nuevo amigo, no pasó mucho hasta que Leonardo Agustín se ofreció amable y caballerosamente para arreglar de una vez por todas los dientes de María de las Mercedes, desde hacía unos días, insípida conviviente de Juan Joaquín.
La suerte de nuestro héroe definitivamente había cambiado.
Una semana después, Juan Joaquín llegó inusualmente temprano a casa con una fugazzeta para agasajar a su dulce pareja, y la descubrió junto a Leonardo Agustín, en su propia cama, practicando posiciones sexuales que desafiarían la ciencia médica de los traumatólogos más prominentes e, incluso, me atrevería a afirmar que hasta las más elementales leyes de la Física. Hasta pudo comprobar que, a diferencia de lo que con él había experimentado, en medio de la pasión María de las Mercedes gritaba como una loca.
Juan Joaquín, angustiado y con su corazón destrozado, no tardó en arrojarse a las ruedas de un tranvía para quitarse la vida, esta vez con rotundo éxito. No fallaron los frenos de la trepidante máquina, no hubo corte de electricidad, y hasta la puntería del apesadumbrado joven para atinar al frente del tranvía fue en extremo certera. No cabía duda alguna de que su suerte había cambiado.
La puta, che. La vida es una herida absurda.

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Comentarios: 1
  • #1

    Shir Purple (lunes, 20 agosto 2012 11:11)

    Si he de morir x amor o en este caso desamor, elegiría que fuese con un beso envenenado...