El precio de la traición

Tenía los ojos fijos desde hacía más de dos minutos y ya comenzaban a arderle. En un segundo, pasaron ante él las imágenes de la traición, de la desolación, de la amargura, de los dos años que se comió escapando de la policía. 
-No voy -dijo Peteco, y al apretar el gatillo, el disparo sonó como un trueno. 

-Te juro que yo no tuve nada que ver con eso. Fue una idea del Japonés y yo ni siquiera estaba en el negocio -tartamudeaba Pablo, tratando de explicar-. Vos sabés que yo no te jodería, hermano. 
Peteco miraba a Pablo y miraba el arma que tenía en la mano, alternativamente, casi como buscando una decisión, una respuesta. Callado, sus ojos como brasas brillaban en la semipenumbra del cochambroso cuartito. 
-Fue el Japonés, fue el Japonés -repitió Pablo, sin quitar los ojos de la boca del revólver. Movía la cabeza como un títere descuajeringado. 
-Mirá, mirá -insistió-. Yo sé que parece que te cagamos en el negocio, pero te tiro una punta que está genial, y vas a ver que yo nada, loco, que nunca te hubiera hecho nada, con esta nueva, sos ganador, man. Con esta nueva, Peteco, si la sabés hacer, no laburás más, te salís para siempre del negocio, loco, te juro que no laburás más. 
Peteco dejó de mirar el arma, y fijó la vista en Pablo. Pobre tipo, pálido, temblando y sudoroso. Muerto de miedo, incluso antes de morir. Como si la amenaza de muerte repitiera ese sortilegio, ese dolor, eternas veces antes de producirse. 
Peteco apenas movió la mano y el reflejo de la luz en el caño pareció un anticipo del disparo, una premeditación. Pablo cerró los ojos esperando el seco golpe de la bala, siempre con la manos abiertas... pero no pasó nada. Se animó a seguir. 
-Peteco, es la casa de empeños del Turco, al fondo, donde el Turco cambia los cheques y caga gente. Vamos a la tarde, al final, yo sé los horarios, yo sé, yo sé los horarios. El Turco hace años que viene juntando la guita y desde que se comió el corralito, no pone un puto peso más en el banco. Yo lo sé porque además el sobrino, que lo banca, mañana no está porque se fué a San Juan a cobrarle a un chabón que les debe como 5 lucas... já, el pibe le va a sacar las rótulas si no le dan la guita, dijo... eso dijo, que le sacaba las rodillas...
Pablo ya estaba un poco más envalentonado, como si el arma que empuñaba Peteco hubiera pasado a un segundo plano, como si la amenaza inminente se hubiese desvanecido de golpe.
Peteco se mojó los labios con la lengua. Fue como una señal. 
-Vamos mañana, si el Turco nos conoce. Y va a estar solo. Adentro le damos masa, si querés lo matamos, y yo te digo donde está la guita. Es una boludez, man, y nos repartimos, la mitad para vos y la mitad para mí -dijo Pablo, ya entusiasmado-. Mejor 60 y 40 ¿Te parece? O me das una guita, loco y te quedás con el resto, si el Turco debe haber juntado un montón. Calculá, años juntando... años!!
Fue casi como una señal. 
-¿Venís o no venís? -preguntó Pablo-.

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