Tratado de histeria

Milagros, también conocida como Milli, era amiga de Andrea, a la sazón, novia del primo de mi amigo Leo. La relación les puede parecer quizás un tanto casual, pero lo cierto fue que una noche, en la que los nombrados y yo coincidimos, junto a otro importante grupo de gente de lo más diversa, en una reunión de esas a las que uno asiste con la secreta vocación de irse lo antes posible, Milli y yo nos conocimos. 
Milli se aburría, con soberano estoicismo, en un sillón de la casa al tiempo que simulaba poner atención a lo que se charlaba alrededor. Yo, en las antípodas de la ruidosa sala, hacía lo mismo pero a diferencia de ella, con un objetivo cierto en mente: escudriñaba cada uno de sus movimientos, sus pestañeos, sus estudiadas poses de atención y hasta la curva de sus delgados labios cuando bebía su copa de Baileys. 
A esta altura huelga señalar que la sola presencia de Milagros me había fascinado. 
Hasta que bebiera lo mismo que yo me resultaba un augurio. 
Como no encontré el modo más adecuado y encantador de acercarme a ella, opté por la salida lógica y convencional: Andrea. A quien no conocía mucho, debo aclarar, lo que me obligó a acercarme primero a Leo y luego a su primo (cuyo nombre ahora no recuerdo), tratando de parecer un sujeto del que todo el mundo moriría por ser su amigo. 
No fue un esfuerzo menor, ya que este primo de Leo en particular no tenía ni tiene ninguna arista interesante en su miserable personalidad y simular ser un tipo agradable ante él supuso para mí una tarea titánica. Lo más rescatable que saqué de esa relación efímera y absolutamente interesada fue confirmar que las mujeres más lindas suelen estar con los tipos más imbéciles. Andrea, por si hace falta aclararlo, estaba más buena que comer el pollo con la mano. 
Todo este proceso de acercamiento y emboscada me demandó buena parte de la noche, pero debo decir, amigos, que al final la victoria coronó mis esfuerzos. Con aire de desparpajo y como si no me interesara en absoluto, terminé en el grupito en donde estaba Milli y con un par de intervenciones afortunadas, pude persuadirla de que mi conversación era por lejos más interesante que toda la soberana sarta de estupideces que había estado escuchando desde su arribo a la reunión. 
Un par más de gestos cómplices y al rato ya había podido separarla de los intrascendentes que la rodeaban, llevándola hasta el solar del patio. Allí estuvimos charlando casi por dos horas y a cada minuto que pasaba, lo juro, su risa musical, desenfadada y espontánea, me acercaba cada vez más y más peligrosamente hacia el enamoramiento. La deseaba tanto que luego de que termináramos el cuarto Baileys juntos, le dije directamente que nos fuéramos de allí. Además, ya quedaba menos gente, los que quedaban estaban suficientemente alcoholizados o drogados y en el equipo hacía rato que sonaba un trance electrónico y todos alguna vez hemos podido descubrir el escaso nivel de erotismo que conllevan esos sonidos. 
Fuimos a mi casa, luego de trasponer una más que alentadora etapa de besos y arrumacos en el jeep. Allí mis manos pudieron confirmar parte de lo que mi imaginación estuvo febrilmente sospechando durante toda la noche. Aleluya! 
En mi casa, en mi cama, en el living, la cocina, la hamaca y algún otro insólito lugar, lo que restaba de la noche y buena parte de la mañana fueron algunos de los más maravillosos momentos que soy capaz de recordar y por los que, lo confieso, me siento bendecido. Con los ojos entrecerrados, un Parisienne en los dedos y Milagros tendida desnuda a mi lado, apenas cubierta a retazos por la sábana e insinuando sus maravillosas curvas, como si se tratara de un magnífico cuadro de Degás, no pude sentirme más cerca de la felicidad. Hasta que apenas en un murmullo, y acariciando mi pecho con los ojos cerrados, Milli me confesó que desde el preciso momento en que llegué a la reunión de esa noche yo le había gustado, había fantaseado con terminar la noche conmigo y que había tenido de contener sus ganas de hablar conmigo y hasta de mirarme, ya que había descubierto con rubor mis propias e insistentes miradas, delatoras de mis intenciones. 
Por supuesto, luego de esa mañana jamás la volví a llamar por teléfono.

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