mar

26

feb

2013

La descabellada teoría de Analía acerca del orden natural del Universo

Tirados ahí en el sofá, los dos, no éramos la expresión cabal del descanso o el mero retozo. Más bien, estábamos en un estado de desparramo, tal como si hubiéramos caído de un sexto piso y esa fuera la mismísima escena del accidente.

La nuestra era la cara propia del desinterés, la de no tener ganas de nada aunque el mundo reventara en mil pedazos en ese mismo momento.

Mirando al techo, Analía fumaba como una loca. Yo bien puedo olvidarme de cualquier cosa, menos del recuerdo de Analía permanentemente fumando. Cuando come, cuando maneja, cuando se baña y hasta cuando nos revolcamos con más necesidad que pasión. El par de veces que lo hicimos.

No la miré, pero casi imaginé los ojos entrecerrados de Analía cuando dijo:

-Hay cosas que no entiendo.

-Como yo. Un millón de cosas.

-No. No entiendo que la gente hace cosas que no tienen sentido natural. Obviedades.

No contesté nada. Un poco porque no entendí y otro poco porque realmente no me interesaba en absoluto entenderla.

-No entiendo la gente que maneja como loca, nada más que para llegar dos minutos antes a donde va…

-A veces, dos minutos son importantes.

-Corriendo el riesgo de estrolarte en cada esquina –prosiguió, como si no me hubiese escuchado-. O peor, pudiendo matar a alguien ¿para qué? Si estás tan apurado ¿por qué no salís dos minutos antes? ¿o diez minutos antes, mejor?

La lógica era inapelable, de modo que no se me ocurrió nada para agregar. A su arrebato le siguió un denso silencio envuelto en volutas de humo.

-¿Nada más? ¿Es eso lo que no entendés?

-O esos boludos que se compran un chocolate y lo devoran todo así, a lo animal, sin saborearlo, como si nunca más fueran a comprar otro chocolate.

Si lo anterior demostraba cierta lógica, este nuevo argumento era bastante más endeble. Por un momento temí que Analía continuara su serie de ejemplos siendo el próximo cada vez más discutible que el anterior en una sucesiva espiral hacia la nada. Pero seguía sin ocurrírseme nada que torciera la fatalidad de ese potencial destino.

Analía había terminado su cigarrillo y se volvió de costado a buscar el paquete que descansaba a un lado del sofá y aproveché para apreciar, de reojo, la perfecta simetría de sus nalgas apenas ocultas por el short de algodón. El recuerdo de mis labios alguna vez rozando esas nalgas me trajo un indicio de excitación.

Encendió el cigarrillo y continuó:

-Ah, y están esos que cuando enganchan una porno en la tele se pajean como locos, como si nunca fuera a pasar de nuevo… loco, si tenés ganas, andá y alquilate una!

Eso me sonó definitivamente extraño. Tanto que tuve que intervenir.

-¿Qué? ¿Vos nunca estabas pasando canales y agarraste justo una porno? Eso es una suerte. Ja, actuar en consecuencia es como una acción de agradecimiento a la diosa fortuna –acoté.

-No, nene –enfática-. Además, las pelis que pasan por la tele no son porno, son una mierda. Esa es una paja patética. Si querés porno, andá y alquilá.

De extraño, el comentario viró a interesante.

-¿Y vos te alquilás porno?

-No, yo me masturbo pensando en Cecilia –dijo con soltura y lo que podría haber sido un comentario que garantizara excitación, más bien obró como una ducha fría.

Conocía a Cecilia y su aire de nena bien y delicados modales, pero de repente lo único que me vino a la mente fue Analía y yo en la cama, el par de veces que nos revolcamos juntos.

-Entonces vos…

“Soy un pelotudo”, pensé.

-Sos un pelotudo –confirmó Analía sin mirarme, como si hubiera podido leerme la mente.

Me prendí un cigarrillo.

-Las cosas siempre suceden por algo… no es que uno dice “uy, que suerte que tuve”. Si las cosas no pasan hoy, van a pasar mañana, entonces no tiene caso apurarse hoy a terminar todo ¿entendés? Si te querés comer todo el chocolate, dale, comételo, pero que sea porque tenés ganas, no porque a lo mejor mañana no te podés comprar de nuevo, porque a lo mejor mañana te vas a poder comprar dos en lugar de uno y te vas a sentir como un imbécil pensando en el chocolate que te comiste ayer así, desaforado como un muerto de hambre.

Así siguió Analía como por veinte minutos y tres cigarrillos más en una sucesión de alegatos sobre el orden de los acontecimientos, el equilibrio de las mágicas y ancestrales fuerzas de la naturaleza y hasta creo haber escuchado un párrafo dedicado a confirmar que los hombres somos apenas simples espectadores de este orden místico, sin capacidad alguna de torcer el rumbo de los acontecimientos.

Y tan súbitamente como le asaltó el deseo de expresarse, Analía en un momento dijo “me voy”.

Apagó el último cigarrillo y la acompañé hasta la puerta del departamento. Ya con un pie fuera y antes de soltarle la mano, le pregunté:

-¿Entonces vos?

Muerta de risa, me tomó ambas manos y me aplicó un sonoro y brevísimo beso.

-Sos un pelotudo… -se despidió, sin dejar de reírse.

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sáb

05

nov

2011

La trama

A menudo uno se encuentra con pequeñas maravillas que exceden, con mucho, la escasa capacidad literaria de quien suscribe, por caso. Es imposible entonces no compartir esa maravilla con el resto de nuestros amigos.

El autor de este momento es, quien si no, don Jorge Luis. Me acompañó en un reciente viaje y como hacía mucho tiempo que no reposaba en sus palabras, casi que leí cada uno de sus cuentos como si fuese la primera vez. Y como siempre sucede, uno me sacó de mi eje más de lo normal.

Es que últimamente he estado pensando mucho en el destino y en la manera en que se tejen los hilos de la acción humana. No es, este ejemplo, una mala aproximación a tales preceptos.

 

La trama

 

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo!

Mal, Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che!

Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

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jue

04

ago

2011

Como no tengo espacio para un perro, me consegui un amigo

El verdadero títuo de este relato es: "Quiero tener un perro, pero como no tengo espacio en el departamento, me conseguí un amigo al que trato como tal", pero estas malditas plantillas de blog preestablecido no me habilitaron. Al parecer, y en contrario a las más elementales libertades creativas, para la gente que desarrolla estas cosas los títulos deben tener una longitud determinada. Tristísimo. El relato es el que sigue...

Es una cuestión de perspectivas. Nunca me gustaron los departamentos porque, a pesar de las ventajas que conlleva el mantenerlo fácilmente limpio y que todo esté relativamente al alcance de la mano, su escasez de espacio le juega en contra a la hora de tener una mascota, por ejemplo, un perro.
Habrá quien dirá que se puede poseer perfectamente una pecera, pero aún sostengo que calificar un pez como mascota es la antesala inmediata del suicidio.
Bueno, ante la señalada carencia de espacio, opté por la solución más cómoda: adopté un amigo como fiel mascota. Casi no habla y, por cierto, sus ladridos son bien deficientes, pero a veces paseamos juntos y se comporta de manera bastante bien educada. Cuida sus necesidades y tampoco he debido preocuparme demasiado por su alimentación, ya que aunque algo descuidadamente, él mismo se la ha procurado.
Esta relación funcionó razonablemente bien hasta hace una semana, cuando supe que padeció de una repentina gastroenteritis, de acuerdo con lo que me señaló el veterinario que, extrañado, lo atendió a mi pedido.
Es lamentable, pero tener una mascota implica este tipo de desagradables experiencias también, a las cuales con frecuencia no estamos preparados. A pesar de que me señalaron que el padecimiento era menor y tratable, decidí sacrificarlo.
No he conseguido reponerme bien a su última mirada de tristeza, por lo cual he decidido que mañana temprano iré a buscar una nueva mascota: un pez. Los peces, al menos, siempre tienen los ojos tristes.

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vie

06

nov

2009

Brevísima historia de amor

Leía descuidadamente una novela de Carlyle tomando notas y golpeando rítmicamente su barbilla con el cabito mordisqueado de su lápiz, cuando la vio a través de la generosa ventana del Café de Flore. Todo movimiento (juraría) se detuvo de inmediato.
Más allá del boulevard Saint Germain, cruzando las dos aceras y la esquina de Saint Benoit, una chica como aparecida de un cuadro de Boticelli estaba apenas apoyada fuera de su auto. El sol la bañaba y le confería un aura irreal, un brillo mágico a su azulado cabello que caía como un terciopelo sobre su espalda y comprendí, instantáneamente, la reacción del joven lector de Carlyle, quien estaba en la mesa de junto.
No pasaron más de 10 segundos, juraría, pero es como si la eternidad se hubiera condensado en ese microscópico momento de la historia, etéreo, volátil, apenas como un soplo, un latido, un aliento. Al cabo de esos 10 segundos, un hombre salió del local de zapatos que está allí, exactamente cruzando las dos aceras y la esquina de Saint Benoit y se dirigió hasta la chica de Boticelli, la tomó entre sus brazos y la besó ligera y tiernamente. Ambos rieron, compartieron un par de palabras y subieron al auto.
En la mesa de junto, las cejas del joven lector trazaron un casi imperceptible arco y sus ojos parecieron secarse para siempre. Jamás podría encontrar la manera de describir acertadamente esa expresión de desconsuelo sin medida. Tampoco cómo casi pude escuchar el seco sonido de su corazón al quebrarse, suicidando toda esperanza.
Volví a mi café y a repasar con la vista ese mediodía parisino de otoño. No habían pasado más de 15 segundos.

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mar

15

sep

2009

la bala del traidor

Era inglés de los suburbios de Southampton, de apellido Dobern, y había subido a mi nave en un puerto olvidado de Singapur, luego de apropiarnos de un cargamento de especias de un galeón español, de colgar a los oficiales y de hundir a la dañada nave que ya de nada nos serviría. Era escueto como una roca, pero macizo, como un resorte siempre a punto de soltarse y tenía una barba tupida y roja y ojos azules pero desproporcionadamente pequeños para su cara. Llevaba el pelo en dos trenzas gruesas y cortas que le asemejaban más a un vikingo que a un celta, y eso lo hacía más extraño.
Casi ni hablaba.
Navegó con nosotros recorriendo las islas de Indonesia, Thailandia y, más al norte, el Mar Amarillo, aguas en las que nunca fuimos bien recibidos, tal vez por haber diezmado alguna vez los juncos de Sing Sao, y esas son cosas que no siempre la filosofía de los piratas es capaz de aceptar sin buscar el doliente tajo de la revancha.
El caso es que Dobern peleó con fiereza cuando así se requirió y trabajó con esfuerzo jalando cabos, arriando velas o acomodando cargas cuando hizo falta. Nada en contrario puedo decir. Cuando no sucedía ni una ni otra cosa, pasaba inadvertido en un rincón de cubierta, fumando tabaco o bebiendo ron, cuando le tocaba.
Así rodeamos el cabo de Buena Esperanza y tocamos algunas costas africanas antes de llegar al Cuerno de Oro, donde un encuentro con los dos bergantines de Choisson me alertó de un negocio de esclavos. Yo en verdad estaba interesado más en diamantes que en esclavos, pero el francés me sugirió unirnos porque sus bodegas no alcanzaban para tantos negros que a tan buen precio podían ser vendidos a los codiciosos hacendados de Louisville.
Para Choisson, como para todo buen francés, mientras el negocio fuera bueno, los escrúpulos estaban por completo fuera de lugar. Me tomó acabarnos dos botellas de ron que entendiera que yo prefería robarles a las recién emancipadas colonias del norte que llevarles negros para que les trabajaran a cambio de latigazos, hambruna y muerte. En realidad el negocio me era indiferente, pero prefería que fuera otro el que llevara esos tristes esperpentos y todas sus pestes al otro lado del mundo.
Dos días compartimos con los franceses antes de que ordenara continuar hacia Cote d’Ivory a negociar diamantes. A la mañana siguiente levaríamos ancla. Pero esos dos días habían bastado para que Choisson contaminara a Dobern y le persuadiera de que mi nave estaría mejor bajo su comando… ¡triste designio! Debí anticipar que nada bueno puede resultar de una reunión de ingleses y franceses, más que sólo traiciones y cobardías.
Los minutos que le quedaban a esa jornada fueron un confuso revoltijo de conspiración, oportunidad y maldiciones. Baste decir que mi tripulación, salvo Dobern, no consideró la lealtad en tan bajo precio, y que todo finalizó con la punta de una espada en el cortísimo cuello del inglés, apenas entrado a mi camarote con la intención de aniquilarme.
Era noche aún cuando Dobern fue firmemente atado a uno de los disparos de proa, de modo que la boca del cañón quedara a la altura de su pecho. “Capitán, sería mejor girarlo, así ve hacia donde va” , me apuntó con ironía el portugués Olivais, mi navegante.
“No. Quiero que mi cara sea lo último que vean los ojos de un traidor” , dije.
En efecto, sus minúsculos ojos encendidos como fraguas y sus dientes apretados precedieron la llamarada del disparo, apuntado con precisión al castillo de popa de la nave de Choisson. Dobern ni siquiera gritó.
Supe, cuando su tripulación se rendía sin batallar y tras recibir un solo cañonazo, que la bala estragó al capitán francés en su camarote y en su propia cama, mientras dormía. Probablemente la justicia del cielo estableció que allí se mezclaran sus revueltas tripas con las del traidor Dobern, en un destino que ya estaba escrito mucho antes de encender la mecha.

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sáb

05

sep

2009

En defensa de los corredores de bolsa

 

A Carlos, hermano y amigo, partícipe necesario de una infancia inolvidable y creador de juegos y deportes tan inverosímiles como a menudo riesgosos.

 

La historia de la Humanidad ha estado signada, sin dejar espacio a cualquier duda razonable, a determinadas y bien señaladas características lúdicas por lo que el juego y sus secuelas de distracción, divertimento y socialización han sido fundamentales para el desarrollo del hombre en la Tierra al punto que no faltan, ustedes saben bien, quienes sostienen la teoría de que a homo erectus le sucedió de inmediato (y como inmediato debemos tomar los tiempos históricos, cabe la aclaración) el homo lúdicus, personaje y figura que se preserva hasta nuestros días.

En defensa de lo antedicho se pueden esgrimir una multitud de ejemplos: es comúnmente aceptado, aunque nunca demostrado fehacientemente, que el emperador Yao Li, de la dinastía Qi y relevante al caso por ser el creador inicial de esa titánica obra que se ha dado en llamar la Gran Muralla China, desde muy temprana edad demostraba sus virtudes entreteniéndose en el juego de construir laboriosos castillos de arena en un patio que le hizo hacer para su divertimento su complaciente padre, el emperador Meng Li en una de las tantas habitaciones de la Ciudad Prohibida.

Recientes descubrimientos nos revelan una serie de piezas de juguetería que habría usado el inquieto pequeño y que serian, muy probablemente, ancestros no reconocidos de los hoy mundialmente famosos Lego. Tanto era el interés del futuro emperador y tan manifiesta su vocación por la construcción de sus intrincadas creaciones y, a su vez, tan grande era el palacio, que una oportunidad estuvo extraviado cinco días con sus noches, sin que alma alguna supiera de él.

Otro caso notable es el del joven Alejandro, cuando era un simple chiquilín aficionado más a las artes y los misterios de la geografía que a la guerra y lejos estaba aún de ganarse su mote de Magno, que lo inmortalizaría. Por ese entonces se dice que el macedonio le apostó a un compañerito de juego que, si empezaba a caminar, antes de los 30 años llegaría hasta el Ganges. “Me estás jodiendo”, se sospecha que le habría respondido su interlocutor, y la historia siguiente es bien conocida.

Pero no sólo de obsesiones infantiles o apuestas de juego está edificada esta teoría. Para no aburrir a la distinguida audiencia, sólo mencionaré los casos de George W. Bush, a quien de infante le gustaba jugar a los soldaditos, pero siempre en la casa de algún vecino y nunca en el rancho propio ya que al parecer su madre, Bárbara, era extremadamente estricta en ese sentido y las consecuencias de ello están a la vista. Más cercano en el tiempo, es harto conocido el caso de John Lennon, a quien su madre le comprara una guitarra sólo para terminar de una vez la tortura a la que estaba condenada y que era la afición del joven John de jugar a los dardos contra la puerta de la cocina.

Para finalizar esta escueta pero por demás demostrativa enumeración, sólo baste agregar que de acuerdo con la tradición oral de la época, al parecer a Nerón también le habría gustado jugar con fuego.

Sirva este extenso pero necesario prefacio para introducirnos en la descripción del juego que nos atañe. La corrida de bolsa ha alcanzado tal popularidad que es difícil imaginar cómo algunos pueblos decididamente rezagados o menos favorecidos étnicamente, establezcamos, lograban divertirse antes del advenimiento y masificación de los supermercados. Tal vez en ello se pueda encontrar el motivo por el cual las revoluciones políticas y los arrebatos militares hayan sido tan frecuentes y populares en esos lugares durante buena parte del siglo pasado.

De hecho, el arraigo de este juego ha sido tal que es oportuno rescatar a los ingentes aunque aún frustrados intentos del barón Enrich von Quadrappus por lograr que esta actividad sea incluida como una disciplina olímpica. Desde esta tribuna alzamos nuestra voz de repudio a quienes injustamente tratan con frecuencia al ilustre barón de lunático irredento, denostando sus enormes y desinteresados esfuerzos en pos de este noble deporte.

Este es un punto oportuno para trazar una breve descripción del juego en el que intervienen 20 valientes jugadores por bando, orientados a la obtención de la preciada bolsa. Este adminículo, lanzado al azar en medio del terreno de juego, es impelido por el viento y los cuarenta audaces mancebos luchan por su posesión para llevarlo hasta la meta adversaria, a la sazón un hoyo en el piso, rigurosamente cavado en la tierra. Una vez depositada la bolsa en el lugar y acuñada por una piedra aledaña, recién se lo considera como tanto a favor. Se entenderá que ello no es tarea fácil dada la porfiada tenacidad con que los jóvenes procuran marcar y a su vez evitar el éxito contrario.

Además, la leve bolsa de plástico adquiere inciertas trayectorias mecida por el viento y los aguerridos jugadores tratan de tomarla y correr con ella hasta a meta contraria. El que lo realicen con manos y pies desnudos sobre terrenos muchas veces plagados de traicioneras rocas o depresiones, y la tenaz oposición del equipo competidor con frecuencia torna el juego violento y, es justo decirlo, a veces difícil de observar sin sentirse escandalizado ante las profusas muestras de salvajismo entre contendientes.

No es de extrañar que esta práctica haya sido severamente sancionada en algunos lugares de Tailandia, como en M’Bongo Utú, África, y en la isla de Pascua, escenarios en donde se acostumbraba ayudarse en la consecución de la errática bolsa con una estaca fina de 40 centímetros de longitud, denominada sasarasa. Ya son lamentablemente comunes los escabrosos relatos de pérdidas de ojos, orejas, pulmones perforados y punciones varias durante el desarrollo de alguna de estas justas deportivas.

Nos llegan noticias de que en Europa, a pesar de haberse prohibido su televisación por lo cruelmente explícitas que resultan las imágenes que produce el juego, a menudo sanguinario, esta práctica ha alcanzado un notable auge que ya ha motivado al algunas corporaciones a intervenir en su regulación.

Nos hablan de la necesidad de circunscribirlo a un estadio, de incorporar ventiladores gigantes para inducir el vuelo de la bolsa, de plantearle a cada partido una duración determinada y hasta de penalizar con la expulsión a aquel jugador que le causare una herida imposibilitante a un miembro del equipo contrario.

¿Dónde quedaría, entonces, el espíritu del juego? Me siento obligado a preguntarme y preguntarles.

No hay nada más llano y democrático que un desenfadado y alegre grupo de jóvenes que, para divertirse sanamente, no requieren más que del concurso de un terreno libre de casas y árboles, una simple bolsa de supermercado y que el Señor les provea de un viento regular y continuo.

No es azaroso que esta noble disciplina haya encontrado eco en comunidades desprotegidas, con frecuencia paupérrimas y leves de entendimiento pero, a la vez, puras y libres de los más normales vicios de la corrupta e intrincada sociedad moderna.

Pocas cosas deben haber más plenas y regocijantes que un grupo de jóvenes guerreros debatiéndose por una bolsa, aún entrada la noche, aunque su secuela fuese un importante saldo de malheridos, lisiados y mutilados.

No coincidimos, no señor, con aquellos que enaltecen la corrida de bolsa como una metáfora de control social, ni con aquellos otros que la comparan en su brutalidad con la tauromaquia o los festejos de San Fermín. Jamás podríamos avalar ni estar de acuerdo con actividad alguna que involucre el sufrimiento de una noble y hermosa bestia.

Sólo me veo en la obligación de acentuar mi reclamo contra los poderosos de siempre que buscan con la regulación propuesta a esta leal prueba de valor deportivo, sólo un espurio beneficio económico.

Debemos dejar la corrida de bolsa como una cabal demostración de juego libre, popular y democrático y propio de los pueblos que han sido sometidos por siglos al imperio y la determinación de los poderosos. Los corredores de bolsa, señores, merecen nuestro total respeto y admiración por su abnegado aporte a las más esenciales características lúdicas de la historia de la Humanidad.

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mié

08

jul

2009

Un cambio de suerte

El día que Juan Joaquín quiso suicidarse introduciendo el secador de pelo, encendido, en la bañera donde estaba sumergido, tuvo la mala fortuna de que la electricidad estuvo cortada desde la mañana. Esperar hasta que volviera, sólo le ganó un pertinaz resfrío cuando el agua se enfrió.
Con el tiempo, Juan Joaquín ensayó diversas y novedosas maneras de quitarse la vida, todas infructuosas. Como la vez que se ató media docena de bifes al cuello y atacó salvajemente un grupo de unos 15 perros callejeros y famélicos. A pesar del hambre, todos huyeron espantados.
Juan Joaquín tampoco tenía fortuna en el trabajo. Una vez, fue contratado para darle cuerda al legendario reloj cu cú de Carlos Paz, pero pronto se dio cuenta que no estaba hecho para esa tarea. Llegó tarde 5 veces en una semana, con los lógicos transtornos que ello ocasionó a la vida normal de la tranquila localidad serrana. Fue despedido de inmediato.
Cuando Juan Joaquín conoció a María de las Mercedes, se dio cuenta al instante de que su suerte cambiaría. María de las Mercedes atendía una despensa de barrio y era menudita casi hasta lo imperceptible, usaba anteojos y frenos en los dientes, ataba su pelo con un colín de Hello Kitty y, por si todo esto les pareciera poco, tartamudeaba. A pesar de todo ello, hipnotizó a Juan Joaquín de una singular y por completo inexplicable manera. De pronto, él conoció el amor, sentimiento con el que jamás había sido bendecido en toda su vida, y eso incluye también a la relación con sus padres.
La vida de Juan Joaquín pasó de ser una sórdida porquería a un luminoso arco iris. Obtuvo un buen trabajo y hasta sus vecinos comenzaron a saludarlo, incluso Leonardo Agustín, el vistoso odontólogo que vivía en la casa de junto y le despreciaba en secreto. Ya convertido en nuevo amigo, no pasó mucho hasta que Leonardo Agustín se ofreció amable y caballerosamente para arreglar de una vez por todas los dientes de María de las Mercedes, desde hacía unos días, insípida conviviente de Juan Joaquín.
La suerte de nuestro héroe definitivamente había cambiado.
Una semana después, Juan Joaquín llegó inusualmente temprano a casa con una fugazzeta para agasajar a su dulce pareja, y la descubrió junto a Leonardo Agustín, en su propia cama, practicando posiciones sexuales que desafiarían la ciencia médica de los traumatólogos más prominentes e, incluso, me atrevería a afirmar que hasta las más elementales leyes de la Física. Hasta pudo comprobar que, a diferencia de lo que con él había experimentado, en medio de la pasión María de las Mercedes gritaba como una loca.
Juan Joaquín, angustiado y con su corazón destrozado, no tardó en arrojarse a las ruedas de un tranvía para quitarse la vida, esta vez con rotundo éxito. No fallaron los frenos de la trepidante máquina, no hubo corte de electricidad, y hasta la puntería del apesadumbrado joven para atinar al frente del tranvía fue en extremo certera. No cabía duda alguna de que su suerte había cambiado.
La puta, che. La vida es una herida absurda.

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mar

30

jun

2009

El precio de la traición

Tenía los ojos fijos desde hacía más de dos minutos y ya comenzaban a arderle. En un segundo, pasaron ante él las imágenes de la traición, de la desolación, de la amargura, de los dos años que se comió escapando de la policía. 
-No voy -dijo Peteco, y al apretar el gatillo, el disparo sonó como un trueno. 

-Te juro que yo no tuve nada que ver con eso. Fue una idea del Japonés y yo ni siquiera estaba en el negocio -tartamudeaba Pablo, tratando de explicar-. Vos sabés que yo no te jodería, hermano. 
Peteco miraba a Pablo y miraba el arma que tenía en la mano, alternativamente, casi como buscando una decisión, una respuesta. Callado, sus ojos como brasas brillaban en la semipenumbra del cochambroso cuartito. 
-Fue el Japonés, fue el Japonés -repitió Pablo, sin quitar los ojos de la boca del revólver. Movía la cabeza como un títere descuajeringado. 
-Mirá, mirá -insistió-. Yo sé que parece que te cagamos en el negocio, pero te tiro una punta que está genial, y vas a ver que yo nada, loco, que nunca te hubiera hecho nada, con esta nueva, sos ganador, man. Con esta nueva, Peteco, si la sabés hacer, no laburás más, te salís para siempre del negocio, loco, te juro que no laburás más. 
Peteco dejó de mirar el arma, y fijó la vista en Pablo. Pobre tipo, pálido, temblando y sudoroso. Muerto de miedo, incluso antes de morir. Como si la amenaza de muerte repitiera ese sortilegio, ese dolor, eternas veces antes de producirse. 
Peteco apenas movió la mano y el reflejo de la luz en el caño pareció un anticipo del disparo, una premeditación. Pablo cerró los ojos esperando el seco golpe de la bala, siempre con la manos abiertas... pero no pasó nada. Se animó a seguir. 
-Peteco, es la casa de empeños del Turco, al fondo, donde el Turco cambia los cheques y caga gente. Vamos a la tarde, al final, yo sé los horarios, yo sé, yo sé los horarios. El Turco hace años que viene juntando la guita y desde que se comió el corralito, no pone un puto peso más en el banco. Yo lo sé porque además el sobrino, que lo banca, mañana no está porque se fué a San Juan a cobrarle a un chabón que les debe como 5 lucas... já, el pibe le va a sacar las rótulas si no le dan la guita, dijo... eso dijo, que le sacaba las rodillas...
Pablo ya estaba un poco más envalentonado, como si el arma que empuñaba Peteco hubiera pasado a un segundo plano, como si la amenaza inminente se hubiese desvanecido de golpe.
Peteco se mojó los labios con la lengua. Fue como una señal. 
-Vamos mañana, si el Turco nos conoce. Y va a estar solo. Adentro le damos masa, si querés lo matamos, y yo te digo donde está la guita. Es una boludez, man, y nos repartimos, la mitad para vos y la mitad para mí -dijo Pablo, ya entusiasmado-. Mejor 60 y 40 ¿Te parece? O me das una guita, loco y te quedás con el resto, si el Turco debe haber juntado un montón. Calculá, años juntando... años!!
Fue casi como una señal. 
-¿Venís o no venís? -preguntó Pablo-.

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sáb

27

jun

2009

La puerta

Cecilia vivía en Renca, un pueblito de apenas un puñado de casas, a algunos kilómetros de Tilisarao, que es como decir cerca de ningún lado. El tiempo se había detenido, literalmente, en ese paraje sanluiseño y sólo el paso de algún automóvil extraviado rompía la monotonía de esa vida sencilla y previsible. 
Hasta que un día Cecilia abrió una puerta que jamás volvería a cerrarse. 
Ya desde muy pequeña, la esmirriada y rubiecita niña parecía llegada desde otro lugar. Nunca pareció pertenecer al caserío bajo y sombreado por tamarindos y chañares. Sus profundos ojitos celestes no reconocían antecedentes en su familia y, a decir verdad, despertaron más de una suspicacia entre las chismosas vecinas de la zona, sospechas que eran rebatidas en silencio por la irreprochable conducta de su madre. 
Con apenas ocho años, a Cecilia le bastaba un conjuro, un pase de manos y un par de frases ininteligibles para calmar un dolor de ciática, una insolación, un empacho o una tranca rezagada. 
Muchas veces Cecilia se pasaba tardes enteras mirando el cielo y descubriendo formas en las nubes que sólo ella podía ver. Otras tantas tardes, la chiquita recorría los campos aledaños durante horas, recogiendo hierbas y florcitas silvestres. 
Pasaron los años y los prodigios de Cecilia ya eran conocidos en toda la zona, desde con frecuencia acudían lugareños con diversos males para ser sanados por las manos de la chiquilla, ahora apenas una adolescente. No obstante ello, sus costumbres no habían cambiado en absoluto: seguía leyendo las nubes, las hojas, seguía paseando sola y en silencio y seguía, tal como decían sus vecinos, hablando con los animalitos. 
Una noche sin luna, la víspera de su cumpleaños 16, a la casa de Cecilia llegó un grupo de hombres portando a un joven, de mirada extraviada y cabeza ganada por la fiebre. Según el diagnóstico de sus acompañantes, estaba poseído. 
Los primeros conjuros de Cecilia no dieron resultado alguno y, por el contrario, el enloquecido campesino parecía empeorar. Con las horas, todos comenzaron a temer lo peor. Estaba a punto de llegar el alba cuando Cecilia pidió a todos que se retiraran del cuarto. Los gritos del lunático siguieron al menos un par de horas más, mientras fuera todos los presentes se deshacían de ansiedad. 
Con los primeros rayos del amanecer del día del cumpleaños de Cecilia, los ruidos cesaron por completo. Al cabo de prudenciales minutos, en los cuales hasta los más rudos de los trabajadores temblaban, Hortensia, la abuela de Cecilia, abrió la puerta para encontrar al muchacho durmiendo plácidamente sobre el humilde jergón. Y a nadie más. 
Nadie pudo entender la desaparición de Cecilia, ya que la habitación no contaba con más aberturas que la puerta de entrada y una mínima claraboya cercana al techo de cañas. La puerta que abrió Cecilia no estaba en ese cochambroso cuarto. El preciso día de su cumpleaños 16, Cecilia desapareció para nunca más ser vista en el poblado. 
He dedicado buena parte de mi vida y todos mis recorridos a buscarla. Sin suerte. He seguido las más variadas pistas y ellas me condujeron tras lectoras de tarot, hechiceras, brujas y hasta a los más pintorescos personajes fueron vistos una y otra vez por mí. En la reiteración de la búsqueda, aprendí a reconocer hechiceras de farsantes con un simple vistazo. 
Pero no me rendiré. No hasta poder darle, por una vez aunque sea, mi agradecimiento. 
Esta historia, para variar en mi, es rigurosamente cierta.

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sáb

27

jun

2009

Tratado de histeria

Milagros, también conocida como Milli, era amiga de Andrea, a la sazón, novia del primo de mi amigo Leo. La relación les puede parecer quizás un tanto casual, pero lo cierto fue que una noche, en la que los nombrados y yo coincidimos, junto a otro importante grupo de gente de lo más diversa, en una reunión de esas a las que uno asiste con la secreta vocación de irse lo antes posible, Milli y yo nos conocimos. 
Milli se aburría, con soberano estoicismo, en un sillón de la casa al tiempo que simulaba poner atención a lo que se charlaba alrededor. Yo, en las antípodas de la ruidosa sala, hacía lo mismo pero a diferencia de ella, con un objetivo cierto en mente: escudriñaba cada uno de sus movimientos, sus pestañeos, sus estudiadas poses de atención y hasta la curva de sus delgados labios cuando bebía su copa de Baileys. 
A esta altura huelga señalar que la sola presencia de Milagros me había fascinado. 
Hasta que bebiera lo mismo que yo me resultaba un augurio. 
Como no encontré el modo más adecuado y encantador de acercarme a ella, opté por la salida lógica y convencional: Andrea. A quien no conocía mucho, debo aclarar, lo que me obligó a acercarme primero a Leo y luego a su primo (cuyo nombre ahora no recuerdo), tratando de parecer un sujeto del que todo el mundo moriría por ser su amigo. 
No fue un esfuerzo menor, ya que este primo de Leo en particular no tenía ni tiene ninguna arista interesante en su miserable personalidad y simular ser un tipo agradable ante él supuso para mí una tarea titánica. Lo más rescatable que saqué de esa relación efímera y absolutamente interesada fue confirmar que las mujeres más lindas suelen estar con los tipos más imbéciles. Andrea, por si hace falta aclararlo, estaba más buena que comer el pollo con la mano. 
Todo este proceso de acercamiento y emboscada me demandó buena parte de la noche, pero debo decir, amigos, que al final la victoria coronó mis esfuerzos. Con aire de desparpajo y como si no me interesara en absoluto, terminé en el grupito en donde estaba Milli y con un par de intervenciones afortunadas, pude persuadirla de que mi conversación era por lejos más interesante que toda la soberana sarta de estupideces que había estado escuchando desde su arribo a la reunión. 
Un par más de gestos cómplices y al rato ya había podido separarla de los intrascendentes que la rodeaban, llevándola hasta el solar del patio. Allí estuvimos charlando casi por dos horas y a cada minuto que pasaba, lo juro, su risa musical, desenfadada y espontánea, me acercaba cada vez más y más peligrosamente hacia el enamoramiento. La deseaba tanto que luego de que termináramos el cuarto Baileys juntos, le dije directamente que nos fuéramos de allí. Además, ya quedaba menos gente, los que quedaban estaban suficientemente alcoholizados o drogados y en el equipo hacía rato que sonaba un trance electrónico y todos alguna vez hemos podido descubrir el escaso nivel de erotismo que conllevan esos sonidos. 
Fuimos a mi casa, luego de trasponer una más que alentadora etapa de besos y arrumacos en el jeep. Allí mis manos pudieron confirmar parte de lo que mi imaginación estuvo febrilmente sospechando durante toda la noche. Aleluya! 
En mi casa, en mi cama, en el living, la cocina, la hamaca y algún otro insólito lugar, lo que restaba de la noche y buena parte de la mañana fueron algunos de los más maravillosos momentos que soy capaz de recordar y por los que, lo confieso, me siento bendecido. Con los ojos entrecerrados, un Parisienne en los dedos y Milagros tendida desnuda a mi lado, apenas cubierta a retazos por la sábana e insinuando sus maravillosas curvas, como si se tratara de un magnífico cuadro de Degás, no pude sentirme más cerca de la felicidad. Hasta que apenas en un murmullo, y acariciando mi pecho con los ojos cerrados, Milli me confesó que desde el preciso momento en que llegué a la reunión de esa noche yo le había gustado, había fantaseado con terminar la noche conmigo y que había tenido de contener sus ganas de hablar conmigo y hasta de mirarme, ya que había descubierto con rubor mis propias e insistentes miradas, delatoras de mis intenciones. 
Por supuesto, luego de esa mañana jamás la volví a llamar por teléfono.

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lun

11

may

2009

El último beso

Como hace algunos meses atrás, volví a desafiar al Destino. Esa vez, con la imagen fresca aún del saludo de ella subiendo a su auto, me recordó terminar de narrar mis charlas con el Corto Maltés ¿recuerdan? 
Fue allá por octubre del año pasado. Bien, nunca lo hice. 
Empeñado en mi derrota, como si no tuviera nada más importante que hacer, el Destino nuevamente me convocó a la mesa de las cartas. Que lo parió... era una partida que se me antojaba olvidada. 
Manos de estudio, miradas sostenidas, sonrisas contenidas. Un vaso de Jack y Parisiennes. Y humo y humedad. 
"Te dije que esto iba a suceder", me dijo, sentencioso. 
Mientras miraba las dos pobres reinas que eran todo mi patrimonio, apenas levanté la vista de la cartas. Y una ceja, la izquierda. Eso es característico en mí. 
Me asaltó como una ráfaga el recuerdo de su último beso (luego sabría que sería el último) con ese sabor tan exquisito, con ese dejo a rosas, con esa humedad justificada y sus ojos entrecerrados. Recordé la curva perfecta de sus dientes y la frescura de sus labios. Recordé sus manos suaves como nieve y sus uñas agudas como la peor de las mentiras. Ella. Es ella. 
El Destino me sostuvo la mirada. "Subo", dije, y empujé el resto de mis malditas fichas. 
El recuerdo de ella era omnipresente, como un perfume eterno y milagroso. Mis manos no dudaron al dejar las fichas en el centro de la mesa. Una gota corrió por la ladera del vaso hasta morir en el tapete, lo supe sin ver. Mis manos no dudaron, y el Destino si. Lo supe, tan bien como el final de la gota en el paño verde, también sin ver. 
El Destino no volvió a mirar sus cartas, pero sí el dorso de las mías, como quien quiere traspasarlas. Tuve la certeza que dudaba, y aún así sentía mi atenazado corazón a punto de detenerse. Toda mi apuesta, todo lo que soy, estaba en la pila de fichas desmayadas en el centro de la mesa. 
Arqueó la espalda sobre la silla baja y se separó un poco de la mesa, como quien quiere mirar en perspectiva. Rió sonoramente y juro que en el silbido de su risa emponzoñada alcanzé a descifrar una puteada. 
"Sos difícil", dijo, meneando la cabeza. "Si no, no sería un buen pirata", contesté. 
Con la velocidad de un áspid, cerró sus dedos y sus cartas. Las dejó con elegancia sobre el tapete, boca abajo y en medio de un denso silencio, se levantó de la mesa. Tomó con delicadeza su sombrero del perchero, se lo calzó y comenzó a caminar a la salida. "Chau", apenas dijo. 
Llegaba a la puerta cuando extendí mi brazo y tomé las cartas de la mano que él había desechado. Tres nueves y dos ochos. Full. "Sabía que las ibas a mirar... par de reinas", apenas susurró sin darse vuelta mientras la puerta rechinaba al abrirse. "Otro día te llamo", finalizó, a manera de despedida. 
Suspiré entre dientes. Junté mi par de reinas con el resto del mazo. Recuperé la pila de fichas apostadas y las metí en el bolsillo de mi saco. En el derecho. 
Luego, tomé las cartas del Destino y volví a mirar ese full que me hubiera derrotado sin atenuantes y que sin embargo, se retiró ante la firmeza de mi mirada y la angustia de mi corazón. Ese fue el momento en que supe que el de antes, ese de la tarde, sería el último beso que bebería de los labios de ella. 
Me tomé el Jack Daniels de un trago y me fui.

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